Hubo un tiempo que fue hermoso, al menos para la literatura argentina. En el verano de 1930-1931 surgió una de las revistas más importantes de nuestra historia y —¿por qué no?— del mundo entero. Se dice que fue el filósofo español Ortega y Gasset quien, en una conversación telefónica, le dijo a Victoria Ocampo que ese proyecto literario que tenía entre manos y estaba a punto de ver la luz debía llamarse Sur. Así lo decidió, entonces, su directora: además, le puso en todas las tapas una flecha hacia abajo para acentuar el significado del nombre. Dos años más tarde surgió, además, la editorial Sur. Pero, ¿cuál fue la verdadera magnitud de este movimiento que, no sólo reunió a algunos de los mejores escritores de nuestra literatura sino que también tuvo como colaboradores a narradores extranjeros como Waldo Frank, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Gabriela Mistral, por citar algunos? De hecho, la editorial publicó obras de Aldous Huxley, Carl Gustav Jung, Virginia Woolf, Vladimir Nabokov, Jean-Paul Sartre, Jack Kerouac y Albert Camus. Para la doctora en Letras e investigadora argentina Patricia Willson, un punto clave es la importancia que le dieron a la traducción.

En su libro La Constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX —publicado por la editorial Siglo XXI en 2004 y reeditado hace apenas unos meses—, Willson indaga sobre tres formas muy disímiles de traducir: Victoria Ocampo, «la traductora romántica»; José Bianco, «el traductor clásico»; y Jorge Luis Borges, «el traductor vanguardista». Los tres fueron figuras de Sur, de ahí el interés de lo que sucedió en aquella época y del contexto tanto local como internacional en que Sur se originó y creció. Pero, ¿qué significa realmente traducir un texto? ¿Cuáles son los desafíos y las limitaciones, las posibilidades y las resignaciones? ¿Qué tensiones se generan entre lo local y lo extranjero? ¿Es un proceso activo que debe ser realizado con la subjetividad bien afilada o, por el contrario, hay que apegarse al texto y ser lo más fiel posible al texto fuente? En los estudios de Infobae TV, Willson habló sobre su libro.

– En el libro decís que la traducción es clave para entender el contexto literario…

– Efectivamente. Yo creo que la traducción como tema es importante en este contexto global. El hecho de que la información fluya de lugares distintos del planeta de un lugar al otro, el hecho de que existan migraciones… en fin, hay toda una serie de datos que ponen en el centro de la reflexión a la traducción. En ese sentido hay muchos que dicen que, así como en la década del 70 la estructura era la figura clave para entender procesos sociales y la organización de la cultura y sus agentes, en la actualidad esa figura explicativa sería la traducción. Yo digo «sería» porque en todo caso se revela eficaz para explicar muchos fenómenos pero también debo decir que es un tema que está de moda, y a menudo ocurre que la academia está ávida de temas de moda que se imponen como una especie de epidemia en diversos ámbitos.

– El libro salió 2004 y el mundo cambió bastante. Hay un prólogo nuevo, pero entiendo que la traducción sintió las nuevas plataformas, las nuevas tecnologías…

– Por supuesto que la traducción que está por fuera de la industria del libro ha evolucionado muchísimo. Todo lo que sea localización, trabajo con plataformas, tutoriales, etcétera, ha sufrido una evolución acorde a la evolución de las nuevas tecnologías, pero creo que a lo que apuntaba el libro en 2004 era a pensar la posibilidad de escribir una nueva historia o una historia de la literatura argentina a partir de las prácticas de la traducción. Es decir, pensar la historia desde una mirada lateral, las perspectivas laterales a veces son muy ricas y provechosas. Por supuesto que sigo pensando que la traducción tiene cierta lateralidad, no una centralidad verdadera, pero lo que yo elegí fueron tres autores-traductores —es decir: primero existía esa condición de ser escritores—, y en segundo lugar, escritores adscriptos al grupo Sur:  determinado grupo que evidentemente tuvo una centralidad en la cultura argentina.

José Bianco, Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges son los modelos de traductores que eligió Willson para su ensayo

– Los tres traductores elegidos son Victoria Ocampo, José Bianco y Jorge Luis Borges. ¿Qué los identifica a cada uno?

– Cuando yo empecé a traducir, porque primero soy traductora y después investigadora, quise saber en qué tradición de traductores me ubicaba. En el momento en que empecé en la práctica de traductora a principios de la década del 90, lo que solía decirse es que las traducciones de Sur son inmejorables. Me acuerdo una expresión: «son excelentes hasta en sus errores». Ese tipo de comentarios obturaba la posibilidad de criticar realmente esas traducciones, entonces yo quería ver qué cosa de la tradición Sur influía en mi forma de traducir, y por otra parte quería estudiar esas traducciones desde una perspectiva textual, desacralizadora, no poner los ojos en blanco y decir «la traducción de Bianco de Otra vuelta de tuerca es insuperable». En ese sentido, lo que encontré dentro de Sur fueron tres traductores muy distintos. Victoria Ocampo, que la llamo en el libro «la traductora romántica», es una traductora muy atenta a la figura del escritor en tanto persona genial, talentosa, con sus características propias y por tanto una personalidad productora de un texto muy difícilmente parafraseable. En general, Victoria Ocampo es una traductora muy literal: se apega a letra del texto fuente. Se permite muy pocas reformulaciones. Lo contrario es José Bianco: está más atento al polo del lector y se permite reformulaciones importantes del texto fuente. Todo esto intento demostrarlo mediante análisis textuales que son dobles: analizo el texto de origen en lengua extranjera y el texto final o traducido en castellano. Y fuera de este sistema que apunta al polo productor, para Victoria Ocampo, y el polo lector, para José Bianco, se encuentra sin dudas Borges, que tiene una perspectiva un poco inconstante sobre la traducción. O sea, son traducciones un poco inesperadas, con prólogos también inesperados. En el libro yo trabajo su traducción de la última página del Ulises de Joyce que fue publicado en la revista Proa, y en ese sentido el comentario que él hace sobre el Ulises de Joyce yo lo tomo como su prólogo de traductor. Hago un paréntesis: es cierto que los traductores a menudo escribimos prólogos en los cuales hay como una especie de idea de autodisculpa porque no se puede llegar a la excelsitud del escritor o del texto fuente. Yo creo que ése es el tipo de reacción que uno tiene si se piensa como Victoria Ocampo. Borges era muy libre en ese sentido y podía traducir de todo el Ulises solamente la última página -la última hoja dice él- y tener una pésima opinión o criticar muy acerbamente el proyecto literario que aparece en esa novela de Joyce.

Portada de “La Constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX”, de Patricia Willson

«Hoy la figura de la traducción parece ser la más eficaz para dar cuenta en las interacciones propias del contexto global», escribió Patricia Willson en el prólogo de esta nueva reedición. En la firma, fechada en mayo de 2017, dice el lugar donde reside: se trata de Hony, un pequeño pueblo de Bélgica ubicado en las orillas del río Ourthe, a poco más de 15 kilómetros de la ciudad de Lieja. Desde 2013, da clases en la Universidad pública y pluralista de Lieja. Ahora, sentada en una banqueta alta, hablando de forma clara y pedagógica, con su pelo entrecano, su tez blanca y sus ojos profundamente celestes, uno podría pensar que nadie podría darse cuenta de que es argentina. Entre los belgas que van al supermercado o los europeos que colapsan los pasillos de la universidad, Patricia Willson pasa desapercibida. Sin embargo, en su libro queda clara su nacionalidad: hay una pasión por la literatura argentina que, lejos del cliché, no se empecina en idealizar sino que prefiere leer con mirada crítica, acorde a su tarea de investigadora.

Hoy las nuevas tecnologías han trastocado las esferas del arte, han aportado elementos que —en un principio banalizados— es necesario tener en cuenta a la hora de analizar. Si en la primera mitad del siglo XX se decía que en Sur, al traducir literatura extranjera, caían en una práctica extranjerizante —ésto sumado a la corriente nacionalista que veía en Ocampo y compañía cipayismo y gorilaje—, hoy, con internet y las redes sociales, la globalización adquiere otro rostro: ya no es un monstruo que se propone despojarnos de la tradición, sino hilos que nos unen a otras culturas, con sus problemas y virtudes. «En realidad, la traducción es intensamente democratizante (…), no es extranjerizante, sino al contrario: vuelve legible en la literatura receptora un texto antes inescrutable en su extranjeridad», escribe Willson en La Constelación del Sur. Pero, ¿qué sucedía antes y qué sucede hoy? ¿Cuál era el contexto de aquel entonces, cuál es el actual?

– Decís en el libro que Sur surge en un momento clave de la industria editorial…

– Sí, para pensar la traducción literaria hay que pensarla en relación con la industria del libro. Si uno piensa en el nivel continental los países sobre los cuales la reflexión sobre la traducción literaria es más fecunda son países que tienen una industria editorial bastante fuerte, sobre todo en los momentos en que esta industria es floreciente o está en sus momentos de apogeo. Yo tomé un período que, grosso modo, va desde fines de la década del 30 hasta fines de la década del 50, hay variaciones de este período según los autores. Y ahí lo que encontré aparte de Sur es una serie de editoriales que publicaron textos en traducción, por eso el título La Constelación del Sur. El proyecto de Sur tenía una impronta traductora muy importante que pasó también a otras editoriales: editoriales afines desde el punto ideológico, pero también editoriales situadas en un lugar de antinomia ideológica con Sur.

– ¿Y en cuanto al contexto internacional? En el libro hablás de un eclipse en la industria española, por ejemplo…

– Ese auge de la industria editorial es en parte debido al eclipse de la industria editorial en España por la implantación de la dictadura de Franco. Entonces, no por nada este período al que hago referencia coincide con el fin de la Guerra Civil Española. Entonces hay una serie de factores históricos que promueven este apogeo de la industria editorial, que no es único; más tarde hubo otros pero yo focalizo este momento porque me parece que permite demostrar hasta qué punto no es posible pensar la literatura en traducción sin vincularla con los debates en la literatura nacional. Por eso el título del libro es Traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo XX. El modo que yo establecí para analizar esos textos siempre refiere a debates estéticos, ideológicos, de poéticas en la literatura nacional en las escrituras directas porque, de hecho, Victoria, José Bianco y Borges tenían sus propias producciones como escritores.

– ¿Cómo ves hoy el panorama de la traducción?

– Lo veo bien, con la salvedad de los momentos de crisis económica, disminución de la capacidad de comprar libros, en fin: yo creo que hay una retracción del mercado editorial. Si uno consulta los datos de la Cámara Argentina del Libro —porque pienso que el investigador también tiene que pensar en esos datos— hubo un repunte a comienzos de la década del 2000 en cuanto a la cantidad de textos traducidos, luego se estabilizó. En la actualidad habría que pensar con un poco más de perspectiva, pero lo que sí noto es que se reflexiona mucho más sobre la traducción y en ese sentido devino la creación de nuevos espacios para pensar la traducción. Coloquios, congresos, seminarios, clubes de traductores, nuevas tesis de doctorado o investigaciones sobre la traducción y, por supuesto, los proyectos en los cuales se propicia la traducción a lenguas extranjeras de autores de la literatura nacional.

– Uno de los elementos que más han impactado en la literatura argentina durante los últimos años ha sido el boom de las editoriales independientes o pequeñas, las cuales suelen traducir muchas obras. ¿Qué rol juegan en este panorama?

– Habría que ver si el boom de las editoriales pequeñas no es una cosa atomizada. Hay que darle a las editoriales pequeñas el tiempo para que desarrollen un catálogo, para que refrenden ciertas características de calidad de los textos traducidos. Me parece que son cosas interesantes porque a veces hay descubrimientos que todavía no están reconocidos en el nivel mundial, esa es la tarea del editor: descubrir la perla rara o ese texto que vale la pena difundir a través de las fronteras lingüísticas, así que me parece un fenómeno muy propicio pero a cada una de estas editoriales pequeñas conviene darle un tiempo para que consoliden su catálogos respecto de otras editoriales que con el tiempo han forjado un catálogo de traducciones muy sólido.

 

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